La ofensa no es una emoción en sí misma. Es un estado en el que elegimos vivir y viene respaldado por el sentimiento de culpa.

Las emociones relacionadas con esa ofensa, podrían estar entre la rabia, el miedo y la tristeza.

La culpa, a su vez, conlleva cierta herencia cultural basada en el castigo y la penitencia que nos presupone señalados o señalables ante conductas o situaciones que nos disgustan o que no son socialmente aceptables.

Culpa y o responsabilidad

La culpa la podemos coger o soltar. Cuando la asumimos dentro, nos produce una aniquilación total o parcial de nuestra capacidad de dar respuesta.

Cuando la vertimos hacia afuera, buscamos atávicamente la supervivencia, queremos vivir imperiosamente en un espacio de “inocencia” donde nos sintamos “salvados”, fuera del supuesto peligro que pueda ocasionar cualquier actitud del entorno que cuestione la cobertura de nuestras necesidades de afiliación, aceptación, reconocimiento, seguridad, protección y autoestima.

Nos cuesta trasladarnos a la zona de la responsabilidad, porque aunque nos vincula a nuestra libertad de elección, parte de un principio de autoconocimiento: saber quienes somos.

¿Y quienes somos? ¿Cómo averiguar eso en un mundo automatizado, acelerado y repleto de voracidad por obtener metas y resultados premiables?

Conviene hacer una mirada hacia el interior.

Paradigma de la Víctima

Este paradigma responde a un esquema basado en la experiencia del pasado, donde encontramos la justificación perfecta para no motivarnos a impulsar cambios y quedarnos en la misma situación de manera permanente.

Guiándonos a través de la acomodaticia lógica de “si en el pasado no funcionó, porqué va a funcionar ahora”, suprimimos cualquier intento de modificar una situación.

Por ejemplo: “Hace un tiempo ya hice una entrevista para cambiar de trabajo y no me dieron el puesto, ¿para qué voy a volver a intentarlo nuevamente?”.

Tanto la culpa como la ofensa, íntimamente relacionadas, proceden de un paradigma victimista del cual todos provenimos pero del que podemos escapar. Depende de nuestra elección: vivir en nuestra área de influencia o bien en nuestra área de preocupación.

La ofensa es un estado en el que decido permanecer

La culpa es un sentimiento, mientras que la ofensa es un estado en el que decido permanecer.

Ambas llevan consigo síntomas que hacen que nos hablemos con afirmaciones tales como:

  • El vaso está medio vacío
  • ¡Pobre de mí!
  • Es culpa tuya. Es culpa de…
  • Tengo que tener cuidado, van a pegármela
  • Yo tengo razón, tú/él/los otros no la tienen.
  • La gente es mala
  • Si me quieres, deberías…
  • En esas circunstancias, no podía hacer otra cosa…
  • Yo me sacrifico y luego la gente es muy ingrata
  • No te rías, lo que me pasa es muy serio
  • Triunfar es imposible si no conoces a alguien
  • ¿Por qué me tiene que pasar a mi?
  • ¡Socorro! Sálvame
  • ¡Venganza!
  • ¿Sabes lo mucho que sufro?! (Pero qué le voy a hacer)
  • No estoy bien. Lo mío es peor que lo de los demás

En muchas de estas afirmaciones que nos relatamos de forma automatizada, se respira el sentimiento de culpa y el estado de ofensa.

Frente al victimismo que, según Fredy Kofman, es el que predomina en nuestra niñez, existe la opción de vivir como protagonistas de nuestras vidas, bajo 2 decisiones: 1) aceptación versus reacción y 2) responsabilidad versus victimismo.

Paradigma del Protagonista

Assagioli, fundador de la Psicosíntesis, escribió, entre otras muchas notas, unas muy trascendentales durante su encarcelamiento por los fascistas a causa de sus ideas pacifistas.

Este es un extracto que nos sirve sin duda de ejemplo para ilustrar el paradigma del protagonista:

“Me di cuenta de que era libre de adoptar una actitud entre varias frente a la situación que vivía. Podía acordarle un valor u otro, o servirme de ella de una forma u otra.

También podía rebelarme interiormente y maldecir la situación o podía someterme a ella pasiva y vegetativamente.

Podía complacerme en el placer morboso de la compasión y representar el papel de mártir, o podía tomar la situación deportivamente y con sentido del humor, considerándola como una experiencia nueva e interesante.

Podría hacer de ella una cura de reposo o un período de reflexión intensa, ya fuera sobre cuestiones personales – rever y evaluar mi vida pasada – o sobre problemas científicos y filosóficos. Podía sacar provecho de la situación para emprender un entrenamiento filosófico personal, o finalmente, podía hacer de ella un retiro espiritual.

He tenido la percepción pura y clara que el asunto era cosa enteramente mía, que era libre de elegir una o varias de esas actividades, que esta elección tendría efectos inevitables que podría prever y de los cuales era plenamente responsable. No había ninguna duda en mi espíritu en cuanto a ese poder y a esa libertad esenciales y a sus privilegios y responsabilidades inherentes”.

La persona que actúa como protagonista (responsable) acepta su responsabilidad frente a una determinada situación que no le satisface y activa el cambio a través de acciones encaminadas a él.

Pero si adopta la postura victimista, se resigna a su situación o se establece en la queja como estado vital, imposibilitando de esta manera cualquier tipo de modificación y cambio que desea emprender. Y entonces vienen dos estados: la frustración y la culpa.

Acción – Creación

El Principio de Responsabilidad atracción – creación de Annie Marquier nos aporta esta dualidad: El poder de elegir nuestra acción (qué hacer); El poder de elegir nuestra reacción (cómo reaccionar).

“No solamente tenemos el poder de elegir nuestras respuestas a lo que se nos presenta en la vida, sino que somos la fuente de todo lo que nos sucede y de todo lo que se nos presenta”. Según la autora, y en sus propias palabras “no es necesario comprender todas las razones de ser de una situación dada para elegir cesar de resistir a ella y utilizarla al máximo de nuestras posibilidades”.

Sin creencias no hay ofensas

Sin creencias no hay ofensas, pero todos tenemos creencias limitantes, y aunque las creencias no son ciertas, cada uno las vivimos como si lo fueran cuando las emitimos desde nuestro inconsciente. La ofensa es una interpretación de cómo vemos la realidad.

Si previamente no hemos tratado de observar la realidad con otra mirada, buscando el filtro de la evidencia y de la utilidad, seguiremos moviéndonos en el mismo territorio: estaremos permanente ofendidos, preocupados por lo que sentimos y no ocupados en lo que podemos cambiar de nosotros mismos. Y eso vale desde un aspecto tridimensional: quien ofende, quien se siente ofendido y la ofensa en sí misma.

Salir del victimismo

Salir del victimismo es salir de nuestro personaje “primitivo”. Y desde nuestra zona de influencia donde podemos vivir como protagonistas, las consecuencias son positivamente múltiples y exponenciales:

Nos liberamos de la negatividad y emociones negativas. Liberamos el miedo, la ansiedad, angustia y estrés, el resentimiento y la agresividad. Liberamos el sentimiento de la culpabilidad, de la injusticia y de la falta de la propia estima. También podemos liberar el sentimiento de impotencia.

Y todo lo anterior nos va a producir paz, serenidad, confianza, alegría de vivir, creatividad, relaciones sanas y satisfactorias. Y estas últimas, a su vez, fomentan el respeto, la comprensión y la compasión, la desdramatización y una actitud constructiva frente al fracaso, ganando autonomía, gratitud y goce del momento presente.

Asertividad como gestión adaptativa de la ofensa

El modo más efectivo de poder salir de la ofensa es verla como una oportunidad de mejora y tratarla a través de la asertividad, tanto hacia uno mismo como hacia los demás.

Existe un modo de asertividad basada en 4 pasos, que os comparto aquí y que se denomina método DEPA. Describir – Expresar – Pedir – Agradecer.

Describir de manera clara la situación que nos desagrada o que deseamos cambiar, basándonos exclusivamente en los hechos, sin atribuciones de causa que puedan ocasionar la posible ofensa del otro.

Expresar los sentimientos personales en primera persona, evitando acusar al otro. De este modo, la otra persona se posiciona en modo empático porque nos hemos enfocado en nuestros sentimientos ante unos hechos, y hemos evitado etiquetar o enjuiciar al otro.

Pedir un cambio concreto de conducta. Ahora que nuestro interlocutor está abierto a la escucha y empatiza con nuestros sentimientos, es posible que se responsabilice de parte de nuestra petición.

Agradecer la atención del otro a nuestra petición.

 

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Marta Badia

About Marta Badia

Experta en comunicación, autoestima, gestión de conflictos y consultoría psicosocial

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