Cada cual nace con una predisposición, con una «caja de herramientas» repleta de recursos, dones y habilidades. Con ello la diversidad es patente: Hay personas que vienen a explorar el mundo y otras que vienen a observarlo.

Lo ecológicamente importante es no negarse ese principio. Si nos sentimos exploradores, probablemente ya de pequeños estaremos actuando en ese sentido en muchas de las acciones que llevamos a cabo. Si nos niegan la oportunidad de explorar, eso no será emocionalmente sostenible. ¿Por qué?

Hoy os hablamos desde una óptica más filosófica, pero no por ello alejada de una realidad que nos conviene no perder de vista.

¿Somos emocionalmente sostenibles o nos dejamos llevar por los automatismos?

Sostenibilidad emocional

Negar directamente o que te nieguen lo que uno es en esencia comporta un riesgo emocional que incluso puede cronificarse: pasamos a vivir en un “carril de supervivencia”, dejando al margen toda o parte de esa “caja de herramientas” con la que venimos y que, no vamos a poder optimizar ni sacarle todo el jugo.

Para ello, la ecología emocional parte de un principio. Lo que es dentro, es fuera. Y por tanto, es vital poder ahondar en el camino del autoconocimiento o, mejor dicho, la recuperación de nuestra esencia natural.

En nuestra vida, existe una casa emocional interna con una serie de “cajas fuertes” que hemos mantenido blindadas. Puede haber sido provocado porque los impactos vividos nos han reclamado que así sea, o porque la falta de autoconocimiento nos ha hecho pasar de largo ante propuestas que quizás encajaban perfectamente con nosotros, pero lo desconocíamos.

Luego de esa casa emocional interna, está el segundo espacio: el exterior, donde reside el impacto que me gusta dejar a mi alrededor. Obviamente eso no deja de ser  el espejo de lo que intento causar en mi mismo.

Pero ¿sabemos qué impacto queremos dejar en el mundo?

Autodeterminación personal

Nos gusta sentir que somos responsables de nuestras decisiones aunque en ocasiones y de manera inconsciente hayamos podido movernos con un cierto victimismo. Pero para ello, es de vital importancia poder autodeterminarse en un sentido emocional, a partir de la revisión y reconocimiento de nuestras habilidades, valores y lo más importante: nuestro propósito de vida donde todo lo anterior se conecta.

Cuando se disparan automatismos internos con frases o pensamientos que nos llevan a la preocupación aniquilante frente a la ocupación constructiva, estamos abandonando el propósito. ¿Cómo remediarlo? No preguntándose más porqué sino para qué nos sucede lo que sea que nos esté sucediendo. Es así como aprendemos a saltar del paradigma victimista al paradigma de la responsabilidad.

Ecología Emocional

Lo que necesita el mundo es complejo, pero seguramente parte de una sencillez en la actitud individual que hemos desaprendido: la Bondad, el Sentido de Comunidad, y compartir conocimiento. Si se da esta tríada, la armonía se reestablece:

Es necesario compartir conocimiento desde una perspectiva transversal, donde se recupera el verdadero sentido del “Aula”, donde no haya gurús de crecimiento personal que te cuenten “su experiencia” subidos a una tarima con una multitud que escucha pero no opina:

Cada vez más parece que estamos imbuidos en un mundo de ”oyentes” y “parlantes” y es importante que todos, absolutamente todos, nos convirtamos en “conversadores”.

La visión de Sócrates respecto de generar conocimiento desde la conversación en línea fue la verdadera revolución. Y de eso hace ya unos cuantos siglos. ¿A qué esperamos para recuperarlo?

Por otro lado, el área líquida a la que se refería el sociólogo Zygmunt Bauman – espacio que concibe el futuro desde la incertidumbre y el caos – nos acerca a la respuesta de nuestro automatismo actual frente a la vida y que durante la pandemia por el covid-19 se ha visto agravado:

A partir del análisis de la economía del bienestar, el modo en que la sociedad se habla con respecto a lo que necesita sigue más o menos este corte o patrón de pensamiento: “lo necesito porque me dicen que lo necesito y, cuando lo tenga, estaré atento a las novedades para querer más”. He ahí el enemigo principal de una ecología emocional sostenible: la voracidad.

Pero el área sólida también existe, solo que nos queda lejos, en algún lugar de nuestra memoria orgánica que debemos recuperar. Es por ello que uno de los pilares de la ecología emocional bien entendida es la educación. Ésta quizá no debería medirse por edades, ni agrupaciones heredadas de la revolución industrial, sino por una ética y valores donde el conocimiento se interconecta a una infinidad de temas, propuestas, visiones y perspectivas que abren el abanico de la empatía, la comprensión, el respeto, la apertura y lo que es esencial: El Pensamiento Crítico.

Constructividad versus Destructividad

En 1854, el Presidente de los Estados Unidos de América, Franklin Pierce, hizo una oferta por una gran extensión de tierras en el noreste de los Estados Unidos, en la que vivían los indios Swaminsh.

La carta ofrecía en contrapartida crear una reserva para el pueblo indígena. La respuesta del Jefe indio Seattle ha sido considerada, a través del tiempo, como uno de los manifiestos más bellos y profundos a favor de la defensa del medio ambiente y que bien puede asimilarse al principio de ecología emocional: dentro de mi, en mi entorno y en el mundo.

Os comparto algún fragmento representativo de la carta:

“¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?, esta idea nos parece extraña.

Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del brillo del agua, ¿Cómo podrán ustedes comprarlos?

Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo, cada aguja brillante de pino, cada grano de arena de las riberas de los ríos, cada gota de rocío entre las sombras de los bosques, cada claro en la arboleda y el zumbido de cada insecto son sagrados en la memoria y tradiciones de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo los recuerdos del hombre piel roja.”

(…)

“Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Tanto le importa un trozo de nuestra tierra como otro cualquiera, pues es un extraño que llega en la noche a arrancar de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada la abandona, y prosigue su camino dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle nada. Roba a la tierra aquello que pertenece a sus hijos y no le importa nada. Tanto la tumba de sus padres como los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos o collares que intercambian por otros objetos. Su hambre insaciable devorará todo lo que hay en la tierra y detrás suyo dejaran tan sólo un desierto.”

(…)

“¿Dónde está el matorral? Destruido

¿Dónde esta el águila? Desapareció

Es el final de la vida y el inicio de la supervivencia.”

Observando podemos vivir desde la Bondad, porque somos conscientes de nuestra real dimensión versus todo lo que nos rodea. Dejamos de vernos como partículas aisladas y aislantes y pasamos a vernos como partículas vinculadas y vinculantes en un todo que nos interconecta.

El mundo actual se enfrenta a un dilema: destructividad versus constructividad. Cada ser (humano, animal o vegetal), desde la conciencia o inconsciencia, es resultado de todos sus impactos. Los que crea en su interior y que luego propaga en su entorno, en el mundo y, porqué no, en el universo.

Clima Emocional

El ecosistema es realmente frágil y tenemos la responsabilidad de cuidarlo.

Lo mismo ocurre a nivel emocional:

Es importante entender que el ecosistema emocional externo también es frágil y que debemos contribuir a respetarlo desde la compasión y la empatía.
Lo que emitimos genera un clima determinado y si no lo cuidamos podemos generar que sea reactivo y contaminante.

Del mismo modo, nuestra porosidad emocional es clave: lo que recibimos, si no conlleva respeto, también genera un clima reactivo determinado.

Igual que en el mundo natural hay sol, lluvia, nubes, viento y miles de agentes activos, donde la suma de energías generan un clima cambiante, cuando la energía se intensifica, puede producir efectos devastadores.

En nuestro interior, nuestros intangibles generan un clima interno y otro externo (lo que vierto fuera). Cuando la energía emocional se intensifica también puede tener un efecto devastador.

Evitemos la contaminación emocional y apostemos por el contagio emocional positivo:

– Responsabilicémonos de lo que sentimos y generemos expresiones que neutralicen, que transformen.

– La irresponsabilidad de no cuidar lo propio y expulsarlo hacia afuera es el principio del contaminante.

Tener presencia y escucha (observación) es clave: El veneno está en la dosis.

Marta Badia

About Marta Badia

Experta en comunicación, autoestima, gestión de conflictos y consultoría psicosocial

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